DÍA DE LAS FUERZAS ARMADAS SIN SOLDADOS. General Dávila (R.)

General Dávila

Hoy es el Día de las Fuerzas Armadas, es decir de los Ejércitos de España. No lo olvidamos, aunque las circunstancias hayan hecho suspender todos los actos previstos. Ellos están ahí, y estarán siempre. Han demostrado sus capacidades y lo volverán a hacer a pesar de su errónea utilización y deriva equivocada hacia donde las llevan.

Solo una palabra entre tanta vacía declaración que hoy aprovecha la política: Presupuestos y soldados. O Presupuesto para los soldados. Lo demás son cuentos y hueras palabras. No nos pasen las manos por encima y dedíquense a cuidar de sus Ejércitos y asignarles las misiones que les corresponden.

¡Felicidades Soldados! Gracias por vuestra labor callada y eficaz. Nuestra felicitación va para los soldados, no para los que políticamente les dirigen entre los que se encuentran los que no aman a España y desean una Patria rota y desunida en contra de…

Ver la entrada original 80 palabras más

¿LOS MUERTOS SON LOS OTROS? Reflexión actual

Atender a «lo que pasa» y a «lo que nos pasa», en concreto en las semanas en las que hemos y estamos viviendo confinados por indicación del gobierno, al objeto de protegernos de una supuesta pandemia letal, es por lo que sigo escribiendo sobre este problema actual.

Este ejercicio reflexivo, hijo de la sociedad abierta, elude incurrir tanto en afirmaciones objetivas que pudieran intentar dar cuenta de lo que pasa (explicación que, en el mundo actual compete sólo a los científicos de datos: datos que silencian al filósofo que ose afirmar, lleno de deber moral, algo que sea distinto de una tendencia físico-natural medible, recordándole que los desvaríos de sus antepasados, con sus metafísicas, dieron lugar a desgracias humanas) como también elude refugiarse en el posmoderno intimismo de contar qué nos pasa, porque no quiere internarse por los aburridos caminos del psicologismo, el historicismo o cualquiera de las corrientes de pensamiento que renuncian al pensamiento. Atiende primeramente al drama de la desgracia, y ojalá que sin victimismos.

Entre el objeto (tan sobado, tan masturbado, por los miles de expertos que hoy tienen voz para aturdirnos) y el sujeto (tan mirado, tan exhibido y tan leído, a través de pantallas, zooms, blogs, columnas y redes sociales), yo quiero fijar mí fatigada atención en eso que hay ahí en medio: si a los escolásticos que se empezaban a inquietar por los derroteros que tomaba la economía de entonces les preocupaba especialmente la legitimidad del ‘interés’, por ser este interés, por estar borrosa su entidad, a mí me preocupa hablar aquí de esos seres que están entre el sujeto y el objeto: quiero hablar de los muertos.

Los muertos de las semanas pasadas y presentes (los que serán, y seremos -en función del plan que se haya establecido por el poder competente- posteriormente) son los otros: esos otros que no son ni yo, ni tú, ni nosotros, que seguimos hablando y elucubrando y felicitándonos por seguir aquí; son los que callaron mientras agonizaban, los que fueron silenciados y los que pasaron a formar parte de curvas y diagramas que se interpretan de diversos modos en función de la tendencia que presentan: la reina madre de las ciencias hoy, año 2020 de la nueva era, es la economía. Estos muertos, estos otros, que han muerto reventados por dentro sin tener muy claro ni por qué ni de qué, son muertos de una era economicista y cientista y, por tanto, han sido medidos como cantidades hasta la saciedad. El número que cada uno de ellos, en su bolsa negra, supone, ha sido sometido a decenas de operaciones matemáticas en decenas de organismos y comisiones de expertos, al objeto de convertirse en dato útil para hipótesis de todo tipo, y que luego han servido de materia prima para ruedas de prensa, rencillas políticas, fundamentaciones de medidas legislativas y tuits de todo pelaje y orientación.

Tan económicos son estos otros (sin nombre más que para sus familias) que, todos juntos, como macabro escenario tras la batalla, conforman sólo un síntoma, una antiestética roncha, de lo que realmente tiene preocupado al planeta, ahora que lo de las muertes parece que está acotado: la crisis económica, o el acontecimiento (este sí, único en la historia) de que la economía moderna se haya detenido casi por completo. Ni con millones de muertos en las guerras mundiales se llegó a parar la economía mundial…

Si los muertos, que son los otros, no van a dejar de serlo, no van a presentar variación o tendencia, su problema ya no tiene relevancia: ha dejado de serlo. Mientras tanto, los vivos sí que estamos en un buen atolladero: estamos muy preocupados por la puesta en marcha del sistema, de nuevo. Y si los primeros días nos daba miedo sacar la basura por si ello nos costaba la vida (¡qué tiempos!), ahora la prioridad es ganarnos esa vida que nos ha quedado (maltrecha, frágil, aterida de miedos), mantenerla como sea, pues parece que no la vamos a perder por un tiempo. Y, para ello, volvamos a la senda, que es lo que nos compete: los muertos quedarán a la vera del camino. Los vivos, a la senda.

La senda es la senda del crecimiento, como ya sabemos. Crecimiento significa mercado (de horas de trabajo, de materias primas, de productos elaborados, de futuros, de arte, de sexo, de joyas…): mercado significa que quien vende algo en el mercado valora lo que vende en menos de aquello por lo que lo cambia (y por eso lo cambia): y de esa diferencia de valoración, al materializarse la transacción, sale un sobrante que, a su vez, genera otra transacción, y pone así en marcha un ciclo sin fin de compras y ventas. Ese era el mecanismo que estaba funcionando más -con burbujas- o menos -con recesiones- rápido, hasta que los gobiernos mundiales, en gran sintonía, y porque personas iban muriendo en distintos países en extrañas y similares circunstancias, dieron la orden general de detener el movimiento local y de quedarse en casa, causando como efecto casi inmediato la paralización de casi todo el comercio y la reducción del número de transacciones.

Mientras el objeto de todo esto aún permanece borroso, casi envuelto en una bruma de misterio respecto a sus categorías determinantes (vacunas, conspiraciones, etiologías, extensión, duración) y los más desconfiados nos martilleamos con el quid prodest, el sujeto parlante medio, tan animoso como psicótico, oscila entre la futurología acerca del mundo del mañana y el coaching moralista, que utiliza lo sucedido para invitarnos a un cambio de vida: una vida más consciente, más casera, menos capitalista y más ecológica, más zen. Los muertos son los otros, los que no dicen ya nada, los que no van a cambiar su vida a mejor, y los que no están envueltos en la bruma del misterio, sino descomponiéndose tras haber padecido, no sólo terribles sufrimientos físicos y anímicos, sino probablemente tras haber sido abandonados a su suerte o finiquitados con asepsia y en la más terrorífica de las situaciones. Su terror no añadirá una sílaba o una letra a la algarabía reinante de ahora, como, por otra parte, ha pasado siempre en la historia. No tienen, no tendrán, no tendremos, otra voz que la que aquellos que nos sobrevivan nos quieran prestar. Los campos, las fosas, los océanos, se llenaron de gritos y sangre, pero ahora están silenciosos y limpios de nuevo.

Pues bien. ¿Cómo hablaría, ahora, un muerto, uno de los cientos de miles de muertos pasados, o uno de los que vamos a morir de esto en algún momento próximo, si le dejaran, si nos dejaran decir algo? ¿Qué dirían, si tanto el sujeto parlanchín que es nuestra sociedad, que somos todos, como el objeto brumoso que son las verdades -y falsedades- que perfilan este momento, les dejaran a los muertos decir algo? ¿Cuál sería la palabra elegida?

Mientras las largas cadenas globales de producción intentan reanudar las conexiones que las pongan de nuevo en funcionamiento, los moralistas invitan a los vivos a comprar menos cosas a esos mercados globalizados, porque en el origen de lo que compremos estará una persona que, sin que lo sepamos, está llevando una existencia inhumana en un lugar lejano, sin las mínimas condiciones de dignidad humana material que debiéramos exigir. Hay que cortar esa dinámica y, sencillamente, no consumir. El sujeto parlanchín, videófilo, culturista y amante de la vida en red está tan perdido respecto a la comprensión de lo que pasa -y ya no repite lo que oye porque se da cuenta de que tener una teoría actualizada en tiempo real de lo que pasa es lo mismo que no tener ni idea de lo que pasa- como deprimido respecto a lo que le pasa -le pasa que se paró el mecanismo de su inercia vital, y se vio por primera vez fuera de la jaula laboral y vital en que vivía, sintiendo una vergüenza inconfesable por su vida de esclavo de lujo: y fantaseó a continuación con la posibilidad de dejarlo todo y de buscar una vida auténtica para, sin solución de continuidad, darse cuenta de que sólo dentro de la jaula hay comida suficiente como para sobrevivir y cubrir todas sus apetencias no-zen, deseando, por tanto, que, cuanto antes, le devuelvan a la normalidad de la jaula vital, abriendo para ello la puerta de la jaula social del confinamiento.

El mundo se prepara para la desescalada, que es el permiso para hacer lo contrario de lo que se ordenó hacer; y ello porque la situación, con los datos que se tienen -que son aún muy generales- indica que la situación es menos peligrosa que antes. Y como colofón, se apunta que el pico de la curva que se estimó hace semanas, según los datos manejados ahora, se ha pasado. Vamos a poner en marcha el mundo de nuevo y a reconstruir lo que se haya roto.

¿Cuál sería la palabra elegida por los muertos? si la teoría nos tiene que llevar primeramente a no olvidar lo dramático de la desgracia, la historia, que casi por entero se ha convertido en el cementerio del futuro, exige de todos nosotros una atención extrema a la única cosa indispensable: las oportunidades y las vías de una esperanza que pueda calificarse de absoluta.”. Los muertos que murieron destrozados en sus casas esperando semanas a ser admitidos en un hospital no tienen culpa de nada, como no la tienen los que lograron entrar en un hospital y murieron y ocuparon espacio que quizá a otros hubieran podido salvar la vida; probablemente todo aquello se haya debido, como la historia muestra cada cierto tiempo, más a la banalidad propia de las decisiones humanas (de comunicación, de asignación de recursos, de prioridades de actuación, de seguridad, de inseguridad…) y al error y la incompetencia también humanas, que a la verdadera mala fe.

Los que quieren dar la palabra a los muertos (sus hijos, sus familiares, sus amigos, o simplemente los amigos del universo) creo que optarían por el silencio. El silencio como la vía principalísima para encontrar las oportunidades que lo sean de esa esperanza absoluta que no es que plante cara a la otra alternativa, el nihilismo, sino que la sucede necesariamente una vez que el nihilismo ha fracasado como religión oficial.

La esperanza absoluta sería, primeramente, lo que la mirada de los muertos, de los otros que han acabado apilados en bolsas negras en pasillos de muchos hospitales y residencias, nos requeriría para perdonar el que nosotros hayamos, con nuestra acción, sido su infierno. Una torpeza más, una muesca más en el revolver de los errores de la humanidad, nos está permitida, claro que sí. Pero, a cambio, oh admirabile commercium, se nos pide una contrapartida: aprovechemos los días (que tras esta noche lúgubre vinieren) para pensar de nuevo, para volver a la metafísica como vuelve el hijo a la casa del padre; y hagámoslo como si ellos, los otros, nos estuvieran mirando: como si ellos, a menudo mejores que nosotros y más generosos en su entrega, hubieran dejado en nosotros, no sólo la huella que se corresponde con la piedad que se tiene por los padres, sino la huella muy primordial de la mirada de ese tú en el yo que le convierte en semejante y que exige el amor. Él nos amó primero, y ellos nos amaron primero, seguro. ¿Cuál será nuestra respuesta a la llamada?

Mediando en principio entre el sujeto moral (recordemos: nosotros, los que vivimos el lujo de no haber muerto, moralmente tenemos que seguir siendo sujetos morales) y ese objeto hoy borroso que es la idea de humanidad y que tantos quebraderos de cabeza nos está dando, ellos, los que no están porque han sido aniquilados por nosotros (nuestra mirada y nuestra palabra), y su mirada, y su palabra, si están vivos de verdad, si no hemos dejado que mueran del todo, son los que realmente nos permiten albergar, en un relato que viene de antiguo, la esperanza de poder pensar. Ellos nos dan la lógica necesaria para el pensamiento, como ellos nos dan el punto de apoyo para ejercer nuestra libertad.

Un poder pensar que ya no es ni el mero voluntarismo de las facultades del sujeto moderno ni la negación a pensar del individuo que lo reemplazó, sino algo más cercano al com-pensar, al com-prender y al com-padecer. Un cierto corolario a una comunión que debiera, y hubiera debido, reinar siempre entre nosotros, al objeto de que no hubiera habido homicidios, de nuevo, en la historia de la humanidad. Siendo todos en Uno, los muertos, siempre que se producen, son todos el mismo.

Los muertos son los otros; pero si, tras haberlos matado, no nos mueven a ser lo que más esperanzadamente podemos ser, y que de hecho les debemos el lograr serlo, entonces los muertos están entre nosotros: entonces los muertos somos nosotros. Vivos y muertos son lo mismo. Somos muertos vivientes que mejor hubiéramos acabado en una bolsa negra como ellos que por este mundo de aquí, dando vueltas por fuera o por dentro de no se sabe qué, mientras alguien que no conocemos y no es de los nuestros nos mira, nos confina, nos vacuna, nos desescala y nos re-normaliza para volver a engancharnos a la noria que nos tiene destinada y de la que nos asombramos que nos desenganchara por un momento.

Lo que pasa, y lo que nos pasa, no es otra cosa que lo que les pasó a ellos antes que a nosotros. Si no realizamos la esperanza que debemos, nos pasará lo mismo que a ellos, y nos volverá a pasar una y otra vez, acontecimiento tras acontecimiento. Los muertos siempre serán los otros, y eso será y es lo que nos mata: lo que nos ha matado, nos mata y nos matará todos los días, hasta que le pongamos fin. Hasta que encontremos la cura.

¿CÓMO AFECTARÁ EL CORONAVIRUS AL CENTENARIO DE LA LEGIÓN? General de División (R.) Rafael Dávila Álvarez

General Dávila

La pregunta se la hacían recientemente al Jefe de Estado Mayor del Ejército (JEME) que además fue Jefe de la Legión.

La respuesta fue clara, concreta y concisa (demasiado):

–Sigue en pie. Vamos a seguir cancelando las actividades programadas para antes del verano y, si la situación vuelve a la calma, esperamos reanudar las actividades previstas en septiembre para celebrar el centenario de esta unidad.

Otra de las preguntas de interés recibió el laconismo de la incertidumbre.

–¿Recibirá La Legión la «Laureada de San Fernando», la mayor condecoración militar nacional?

–Pues la verdad es que no lo sé. El expediente se depositó en el Ministerio de Defensa hace cinco años y ya es un tema que está en el nivel de la decisión política. A mí no me corresponde opinar ni decidir sobre este aspecto.

Es decir que lo del coronavirus se ha contagiado al Centenario

Ver la entrada original 462 palabras más

REFLEXIÓN SOBRE VIVIR…

Uno de los problemas que siempre han preocupado a los filósofos es la relación entre la comunidad y el individualismo. En los últimos años hemos sido testigos de las devastadoras consecuencias de comunidades recientemente florecidas, pero también movimientos llenos de esperanza. A continuación, también hemos sido testigos de algunas consecuencias inquietantes del individualismo: desigualdad global, polarización en el debate público, incremento de la soledad, situaciones de estrés, aumento de planteamientos ideológicos, etc.

Durante el tiempo de cuarentena he reflexionado sobre este problema clásico: ¿Qué hacemos como sociedad, como individuos?

En el libro: El origen y el destino de la comunidad, el filósofo italiano Roberto Esposito reabre la cuestión de la importancia de la comunidad. Según Esposito, logramos escapar del “horizonte propio” simplemente al ver a la comunidad como una colección de individuos atómicos que se reúnen en torno a una propiedad común, ya sean valores, tradiciones, ideologías o idiomas. La comunidad se percibe como un atributo o cualidad que el individuo puede asumir y, por lo tanto, en realidad habla a los individuos cuando trata de hablar sobre la comunidad y viceversa. El problema con esa percepción es que se reducen todas las diferencias existenciales dentro de un círculo determinado. Se reducen las diferencias. En contraste, en una sociedad más sana es posible mantener su singularidad y ser miembro de una totalidad abierta.

El propósito de Esposito es dar un nuevo significado a un concepto de comunidad que parece agotado y contaminado y quiere volver a su significado original y pensar lo que ha permanecido impensable en la historia de la filosofía. El término latino se refiere ante todo a lo que se opone a lo propio, lo que es público y no privado, lo que es general y no particular. Parece que hay algo generoso en este concepto. El segundo significado, y menos obvio, se encuentra en la palabra “deber”, “servicio” o “regalo”. Entonces, se refiere a una carga o deuda común que compartimos, y por lo tanto no a una propiedad, calidad o interés común. La comunidad no está unida por un “más” sino por un “menos”.

Quizá la tesis más radical de Esposito es que los miembros de la comunidad no tienen nada en común. Nada como una deficiencia, una grieta o vacío de sentido. Y con eso llegamos a los tiempos de coronavirus. Por ejemplo, una pandemia como COVID-19 es una nada concreta. Porque la nada que compartimos es nuestra mortalidad, ya que todos vamos a morir un día. La muerte está en el aire. Siempre ha estado allí –la muerte– pero ahora es más obvio. Con la nada –o COVID-19– se activa un deber de civismo, un oficio en el sentido que para muchas personas hacer nada es igual que hacer algo bueno. Repito: ahora mucha gente no hace nada para salvar a toda la sociedad; la nada es el pegamento. Y además, quizá en este sentido, detrás de todo el sufrimiento y tristeza que también hay, deviene un regalo: una “comunidad” nueva. Estamos cambiando nuestra forma de vivir, no solo para sobrevivir biológicamente, sino para salvar una forma de vivir que nunca va a ser igual que antes. ¿Qué queremos salvar? ¿Qué queremos dejar detrás? ¿Qué es realmente importante?

En su libro, Esposito, llega lejos en el canon de la filosofía de Europa occidental, pero es en la comparación del pensamiento sobre la comunidad el que me parece más nítido. El pensamiento sobre la comunidad es un ejemplo de lo que Esposito define como el “paradigma inmunitario”, que se puede resumir de la siguiente manera: en la comunidad finalmente estamos libres de los demás y la comunidad es un contrato individual que tiene como objetivo protegerme de los demás, es un medio para garantizar mi supervivencia individual.

En otros, por otro lado, la comunidad es una rendición final, una experiencia compartida de la nada en nuestra existencia, del defecto fundamental que compartimos como seres mortales. En la comunidad, renunciamos a nuestra identidad a favor de confirmar una ausencia fundamental de identidad, no somos perfeccionados, pero confirmados en nuestra imperfección, no nos volvemos “completos” sino “compartidos.” Somos parte de una totalidad que siempre es más grande que nosotros, y que siempre está cambiando. Una identidad nunca es más que un ilusión.

Para mí la diferencia clave entre ambos es que la filosofía del primero tiene como base un temor de la muerte, y la segunda tiene como base un temor de que no vamos a vivir suficiente. Yo, personalmente, prefiero la segunda.

Esposito –y la historia– nos recuerda el totalitarismo inherente que radica en pensar en la comunidad como una identidad que debemos asumir, un origen al que regresar o una esencia para la recuperación. Tanto las comunidades destructivas como el problemático individualismo son el resultado de la inmunización, la protección contra el enemigo externo, el cual no es propietario, como nosotros, los miembros de la comunidad, y el establecimiento de la animosidad mutua entre los miembros de la comunidad que están recluidos únicamente. Junto con un contrato de obligación y beneficio mutuos.

El replanteamiento, la comunidad que viene puede ser, por lo tanto, una salvaguarda contra las visiones de la comunidad totalitaria que han traumatizado el siglo XX, pero sin producir más narcisismo.

El sendero que tenemos delante, en mi opinión, no es uno con más control o vigilancia sino más sensibilidad. Necesitamos re establecer un contacto con nuestra cuerpos y sentidos que ahora están en un sueño invernal después de casi tres meses de vida a través una pantalla. Una pantalla nunca puede compartir, lo que realmente compartimos es nada, la muerte. Quizá porque la vida de pantalla no respira. La vigilancia es, da igual sus buenas intenciones, una herramienta de un estado totalitario que no tiene confianza en sus ciudadanos, cuando el estado piensa que ellos no pueden actuar de manera responsable, no son capaces de conocer su cuerpo suficiente para saber cuando ponen en riesgo a lo demás.

Si el COVID-19 viene con un regalo, es porque hemos vuelto a lo más fundamental de nuestra comunidad: somos organismos que respiran. Espíritu, como dicen los griegos, significa respiración. Cada respiración tiene su ritmo. Ritmo se refiere a dos cosas: un movimiento, un impulso y el movimiento o punto que se repiten. El ritmo está en nosotros. La moraleja es: si algo no tiene ritmo, no tiene vida. Entonces, lo que repetimos nunca es lo mismo sino la diferencia. Cada respiración es única. El eterno retorno de Nietzsche, por ejemplo, no es el retorno del mismo, entonces la misma normalidad no va a volver, nunca. Pero todavía podemos preguntar ¿Qué forma de vida, o que forma de respiración queremos dar en el futuro? ¿Qué respiración queremos repetir? Puede ser una más limpia o menos contaminada, una respiración con menos estrés por las mañanas, con menos rigidez horaria, con más espacio para pensar… para amar.

Si cada uno de nosotros afrontamos nuestra muerte solos, ¿Por qué no tenemos la posibilidad de vivir a nuestra manera si no molestamos a nadie? Nadie o nada. Cuando nada me molesta puedo compartir todo. Cómo transformar esto en algo político, es el reto de La Moncloa en estos momentos.

REFLEXIÓN SOBRE VIVIR LA AMBIGÜEDAD

Si atendemos a nuestra experiencia, podemos extraer una conclusión tan provisional como insatisfactoria acerca de los tiempos que estamos viviendo: la ambigüedad. No entendamos esa ambigüedad como un adjetivo que tiñe de un colorido particular nuestras vivencias, y les da la oportunidad de presentarse de otra manera, sino como el acontecimiento, a saber: la irrupción radical de la indiferencia como la experiencia enfermiza del ser, tan característica de nuestros tiempos sin nombre.

Al encontrarnos con nosotros mismos a solas, en nuestra propia casa, encerrados, hemos contemplado cómo ante nuestra mirada todas aquellas cosas que habíamos proyectado (trabajos, proyectos, relaciones,…) se iban cayendo una tras otra. En algunos casos, esto ha dado lugar a actitudes de reforma, de dar un vuelco a los fundamentos de la propia existencia. ¿Y cómo se ha considerado ese vuelco? En la forma vacía y hueca de empezar a valorar aquello que se había dejado a un lado en las ocupaciones cotidianas. La vana o vanidosa sensación de la ocupación.

Así, ahora, algunos durante estos tiempos han empezado a entonar solemnemente cambios en sus propias disposiciones y formas de ver la realidad. Incluso han llegado a considerar necesario valorar el hecho de o bien pasar más tiempo con la propia familia, o bien dedicarse a meditar. ¡Qué solemnes suenan en las voces de las personas estas reflexiones que no dejan sino traslucir la ausencia de una vida edificada sobre el fundamento sólido de la verdad, sometida por otra parte al vaivén de unos tiempos absurdos!

Tiempos absurdos y dramáticos, también. Mientras unos han afrontado el confinamiento sentados en los sofás de sus casas o haciendo recetas interminables de bizcochos, otros morían solos, y no frente a una trinchera, luchando, sino ahogados por un enemigo anónimo que nos ha recordado en palabras de muchos nuestra vulnerabilidad. Esa vulnerabilidad, predicada por los profetas de la calamidad, que siempre aprovechan estos tiempos para culpar, responsabilizar y tomarse la ocasión (y el tiempo que los que mueren o sufren no tienen) de recordar a los demás que la lucha frente al mal requiere de su discurso egocéntrico ante el que no podemos sino caer rendidos y reconocer precisamente lo que somos.

Es curioso y hasta abominable cómo el hombre es capaz de sacar partido incluso de las desgracias ajenas. Ya lo decía un sabio cuando señalaba que hasta en la desgracia de nuestros mejores amigos habita una secreta complacencia, la complacencia de poder pensarla sin verse concernido por ella. Así actúan nuestros falsos profetas y algunos políticos, que no dejan de sorprendernos en su capacidad infinita de retorcer la realidad del mal y el sufrimiento para usarla en beneficio propio, para sacar del mal su mayor bien.

Y frente a todo tipo de discursos políticos, demagogos, científicos,… nuestro enemigo invisible seguía y sigue paseándose extendiendo su estela de muerte. Pero quizá lo más letal de este virus no sea su capacidad de matar o de destruir, sino el hecho de que ha revelado algo muy importante que quizá nuestra cultura, amparada en un Estado de Bienestar omnipresente y deseoso de satisfacer a sus hienas, había conseguido olvidar, a saber: la ausencia absoluta de direccionalidad en nuestra conciencia, y con ello la presencia de una enfermedad mortal en la condición humana. En otras palabras, la ausencia absoluta de significatividad en la vida de todos y cada uno. Me explico….

No estamos traumatizados por lo que ha pasado. Nuestra intencionalidad no ha quedado tocada hasta el punto de ver por ella misma la necesidad de una reforma. Creo que hemos perdido muchos de nosotros esa capacidad de vernos concernidos por aquello que acontece salvo aquellos que han vivido aquellos acontecimientos en los que se revela de un modo genuino y sin explicaciones baratas parte de lo que somos: muerte, perdón, amor… Sin duda, podríamos decir que lo que estamos es anestesiados.

Actuamos como seres sin capacidad alguna ni de sufrir, ni de afrontar la vida que vivíamos con la valentía necesaria para contemplarla como lo que era y es: un escenario vacío de objetividades realizadas y alcanzadas (llamados logros personales o profesionales) sin orden ni concierto. De esta manera, participamos todos del fenómeno indiferente del “ser”, de su escenario en el que todo está sujeto a representación y todos somos actores prescindibles e intercambiables. Nuestra vida podría interpretarla cualquier otro y podría con ello cumplir los mismos objetivos fríos, inertes, sin vida, estandarizados.

Digámoslo así. Ya no somos o hemos dejado de ser hombres de carne y hueso. Somos más bien receptores pasivos, pero no alterados en una pasividad radical que exige de nosotros esa capacidad mántica de la conciencia, ese no ligar nuestra conciencia a un horizonte meramente mundano de relaciones. Estamos cogidos en los hilos de una existencia mundana que ni siquiera vive preocupada o retrotraída en la pregunta acerca de su propia posibilidad.

Veo al hombre de hoy no enseñoreado en su propias posibilidades, sino hundido en el fango de su propia posibilidad, que yace coartada, sin interrogantes, sin ampliaciones de sus propios límites,… La ambigüedad que vivimos y nos rodea nos ha dejado incluso al margen la consideración y vivencia del sin sentido o absurdo de nuestra existencia. No tenemos ya agallas ni estómago para afrontar ese fenómeno.

Preferimos vivir hundidos hasta el fondo de nosotros mismos (ni siquiera ya en o hacia el interior), sin avergonzarnos por lo que somos o lo que podemos llegar a ser, sin ser capaces de afrontar el sin sentido en el que hemos vivido hasta ahora o aquel que con nuestras acciones podemos generar en la vida de los demás.

Es más, queremos hacer ver que estamos concernidos por lo que nos ocurre haciendo gala de una emotividad barata, en y por la cual tratamos de animarnos a nosotros mismos a seguir viviendo en esa existencia anónima en la que declaramos ser auténticos por mostrar nuestros sentimientos (de solidaridad, de cooperación con los demás,…), pero ellos se van tan rápido como se cierra la ventana del balcón en y desde la cual estamos asomados. Queremos imitar lo que acontece, emocionarnos ante lo que pasa para de alguna manera sentir que nos concierne lo que ocurre a nuestro alrededor sin llegar a estar implicados personalmente en lo que vemos.

Quizá por eso al cerrar la ventana de nuestros balcones, muchos se sientan a ver sus consabidas series, para seguir deleitándose en el espectáculo de lo que acontece sin cesar. Da igual que acontezca esto o lo otro, lo importante es que yo esté entretenido pero de un modo que a mí me permita respirar. No vaya a ser que me angustie de pensar en el sufrimiento, la muerte y otras realidades (el perdón, el amor, el bien, la verdad,…) que podrían poner en jaque mi existencia indiferente (que no anónima).

¿Sacaremos lecciones vitales de esta enfermedad que ha cerrado las puertas de las casas? Algunos, por supuesto que sí. Los demás, dependerá. Pero en líneas generales, creo que debemos ser o hacernos conscientes de que una enfermedad más aguda que el COVID -19 está asolando la condición humana. De ello, depende que no cometamos errores peores de los que podemos prever.

Hagamos memoria de nuestra historia filosófica europea: Primero, nos hicimos miopes para contemplar la realidad empírica del mal y sus efectos devastadores en las relaciones que tienen lugar en el seno del mundo (no nos sirvieron de ejemplo las dos guerras mundiales, la persecución de los judíos,…). Después, renunciamos a pensar sobre aquellas realidades trascendentes que abarcan nuestra vida y reclaman a nuestra conciencia: el bien, la verdad, el amor,… Eso no se piensa, se vive de la forma y manera en la que uno considere, consideran los que habitan entre nosotros.

Por último, lo que acontece en el mundo ha dejado de pillarnos por sorpresa, hemos dejado de vivir expuestos. La enfermedad nos ha puesto frente a esa exposición, sí, pero lo que la enfermedad del COVID-19 no sabía es que nosotros no vivimos ya para exponernos a lo que acontece, y mucho menos para dejarnos cambiar por ello. Como prueba de ello, es que todos estamos deseando volver a lo de antes….

Para nosotros, hoy pasan cosas, y las cosas que pasan tienen que tener que ver solo relativamente con nosotros. Así aconsejan nuestros psicólogos. No es bueno dejarse afectar tanto, dirán algunos. Mejor ocupar el pensamiento con otras cosas que llenen de positivismo, dicen los que quieren ver lo positivo incluso en las realidades negativas que viven o sufren los demás. La ingenuidad de nuestra época pasa por creer que aquello que pasa podemos afrontarlo sin quedar implicados en ello, al modo en que la ingenuidad de la humanidad europea anterior a las dos guerras mundiales fue la de creer que la razón humana por sí sola podía generar un orden en las relaciones del mundo, en el que al final el reino del bien y del sentido acabaría triunfando sobre el reino del mal y del sin sentido.

Sí, seguimos siendo ingenuos. Ingenuos por pensar no que estamos libres de todo mal (podemos afrontarlo con nuestra resiliencia patética), sino por considerar que la realidad verdadera consiste en no comprometerse con nada más que con un ejercicio estético de la vida, con una mirada contemplativa de las cosas, como si la historia y lo que acontece en ella no fuera más que un juego, como si los traumas de quienes han quedado anulados por esta crisis y otras tantas pudieran borrarse bajo expresiones afectivas que parecen disfrutar de y con el dolor ajeno o se muestran dispuestas a ponerles un parche objetivo (no es bueno quemarse).

¿Cuál será la conclusión de esto? Que saldremos de casa, sí, volveremos a recorrer nuestras calles, pero no sé si el estruendo de nuestra salida conseguirá erradicar el silencio de nuestras conciencias, su enfermedad mortal. En esa enfermedad mortal, está escondida la posibilidad de otra barbarie más radical que todas aquellas que hemos vivido como europeos durante el siglo XX. Por exceso de confianza en una razón autosuficiente, ingenua y optimista (incluso con tintes cristianos, en algunos casos), recordémoslo, caímos en la barbarie y no con mucha dificultad en la primera mitad del siglo XX.

Por falta de apertura a los acontecimientos, de exposición a los traumas del mal, del bien, del amor, de la verdad,…estamos poco a poco abriendo la posibilidad de un mal radical, que de nosotros no exigirá ya un pensamiento nuevo o instituciones adecuadas, sino una humanidad nueva, un resto santo, dispuesto a exponerse bajo el telón terrible de la indiferencia anónima mundana, esto es, ante una audiencia “conmovida”.

Todas las Marielas, por Yolanda Guerrero

POETAS EN LA NOCHE

Hace un año,  la escritora y periodista Yolanda Guerrero,  publicó su obra: Mariela.
En ella describe y ensalza la vida de una mujer que, se dedicó por entero a cuidar a miles de enfermos hace un siglo, cuando otro monstruo como el de ahora asolaba  el mundo, la gripe española.
Ahora Mariela ha vuelto a nacer en cada hospital, junto a las camas de todos los que han padecido el coronavirus.
Hoy Yolanda Guerrero, nos muestra una carta que, con todo su amor le dedica a tantas personas que están dando lo mejor por ser Mariela.

10 MAY 2020

Al acabar de escribir tu historia, confesé que no existías. Que yo te había inventado. Pero me equivoqué. Estás aquí. Has vuelto en 2020

Querida Mariela: Hace un año que te dejé dormida en un libro, tras rescatarte de donde habitaba tu olvido. Allí te conocí y, manías de…

Ver la entrada original 496 palabras más

LAS CAUSAS JUSTAS Y SU MANIPULACIÓN POR EL TOTALITARISMO, HOY

Causas perfectamente justas, como las del feminismo y el ecologismo, están siendo en nuestros días manipuladas como vectores al servicio de un designio totalitario. Para algunos no importan, en realidad, las propias causas; importa solo buscar las grietas de un sistema de libertades, achacarle todo mal y acabar con estas para asaltar el poder, todo el poder.

Nuestro desarrollo intelectual ha superado a nuestro desarrollo moral. Esta es la razón por la cual nos encontramos ahora en peligro mortal. Somos buenos, quizá demasiado buenos, pero también somos un poco estúpidos; y es esa mezcla de bondad y estupidez la que se encuentra en la raíz de nuestros inconvenientes.

La tesis es que el mundo está en peligro porque los seres humanos, subdesarrollados en lo moral, hemos adquirido un enorme saber científico y un desmedido poder tecnológico. La mayor parte de la gente es demasiado buena y dócil, pero un poco acrítica. Y tal vez hoy estemos en mejor posición para verlo. Mi tesis es que ciertas élites, ávidas de controlarlo todo, tienen a su disposición ya demasiado poder e inteligencia (incluso artificial), mientras que el común de las gentes se mueve por buena voluntad, quizá sin preguntarse siquiera en qué grado están siendo manipulados.

Los españoles, en la actualidad, somos un pueblo manso y muy sufrido, fácil de llevar de las narices y dispuesto a inmolar el sentido común en el altar de la lógica, cuando surge entre ellos un político que los seduce, convenciéndolos de que sus instituciones existentes no se basan en los más estrictos principios de moralidad.

Ahora podríamos preguntarnos: ¿seremos nosotros, las personas de nuestra época y de nuestra civilización, los auténticos españoles?, ¿nos están llevando del ronzal mediante la apelación a nuestra fibra moral?, ¿han aprendido los ávidos de poder a usar en su favor la fina sensibilidad moral de nuestros conciudadanos?, ¿hemos inmolado ya el sentido común en el altar de una supuesta lógica y de una presunta exigencia ética?

Pudiera parecer que sí, que nos ha invadido ya una ola de hiper-etización. De hecho, ya no hay ámbito de la vida en el que no se hable de ética. Todo se ha moralizado minuciosamente. Observemos lo fácil que es, a continuación, transformar lo ético en político a base de promulgar una ley para cada norma moral, un escrache mediático para cada opinión o conducta políticamente incorrecta. Y el siguiente paso, una vez que hemos convertido ya todo lo personal en político, consiste en poner todo lo político bajo el control total de unos pocos.

De este modo, el grupo con ínfulas de poder pasa a controlar cada detalle de la vida personal de cada ciudadano. Quedan habilitados para entrar en la dieta y en el lenguaje, en el garaje y en la cocina, en la alcoba y en la conciencia, en el ocio y en el negocio, en el hogar -que ha dejado de ser castillo- y en la familia. Nada escapa, por esta vía, a un totalitarismo perfecto. Logrado, eso sí, por apelación a nuestra fibra moral.

Las principales perturbaciones de nuestro tiempo no se deben a nuestra perversidad moral, sino, por el contrario, a nuestro entusiasmo moral a menudo mal dirigido: a nuestra ansiedad por mejorar el mundo en que vivimos. Pero ¿cómo puedo yo sostener la idea de que no vivimos en un mundo de perversidad? ¿Acaso he olvidado a Hitler y a Stalin? No. Pero no me dejo impresionar demasiado por ellos. Los que siguieron a Hitler y a Stalin, en su mayoría, lo hicieron precisamente porque fueron “conducidos fácilmente de las narices”. Es triste ver cuán fácilmente puede ser mal utilizada una apelación a la moralidad. Pero es un hecho el que los grandes dictadores siempre trataron de convencer a su pueblo de que conocían el camino hacia una moralidad superior.

Unos pocos son perversos, al menos en su desbocada avaricia de poder, y ponen a su servicio una inteligencia y una capacidad tecnológica hasta hace poco desconocidas. De ahí nuestros problemas. Pero para que los perversos triunfen, no basta la amenaza, hace falta, además, el ardor moral un poco atolondrado de los pobres españoles. Incluso los que estarían dispuestos a plantar cara a la más cruel represión, se ponen mansamente en ruta si son reclutados para la utopía.

Un estudioso actual del comunismo, se pregunta por qué hoy, tras cien millones de crímenes y cien años de miseria, sigue habiendo comunistas. Y su respuesta apunta hacia una moralidad hipertrofiada. Apoya su argumento en “el fin de la inocencia” y “la seducción de los intelectuales”; ceguera -¿voluntaria?- de muchos intelectuales y artistas.

Para desconcierto de muchos, aun hoy sigue habiendo partidarios del totalitarismo. También hay una masa de incautos españoles que entregan con afán su libertad a cambio de un certificado de buena conducta. Y, como de costumbre, son los totalitarios los que expiden estos certificados. ¿Por qué sigue sucediendo algo así?.

Creo que la respuesta hay que buscarla por debajo del plano político, e incluso por debajo del plano histórico, en las profundidades de la ontología. Al final, los totalitarismos gemelos del siglo pasado -comunismo y nacionalsocialismo- no son más que formas circunstanciales de una cierta convicción ontológica monista.

Solo hay una realidad, un ser, llámese líder, llámese partido, el resto es nada. Queda negada toda genuina alteridad. En consonancia con esta ontología, el líder o el partido reclaman el poder… TODO el poder. Este es el rasgo distintivo de la pulsión totalitaria. A quien la posee no le basta una parte del poder, un poder compartido o dividido, un poder al que se escape esto o lo otro, por nimio que sea esto o lo otro. El totalitarismo es refractario a la división de poderes. Tampoco reconoce ámbito privado alguno, ni la empresa, ni la casa familiar, ni la conciencia de cada persona. Se trata, en el fondo, de una negación ontológica. Nada existe realmente salvo el líder, el colectivo, la vanguardia, el pueblo, la raza, la clase, el partido, o lo que sea según los casos.

Quizá a lo largo de la historia las aspiraciones totalitarias de unos chocaron con las de otros y fueron resultas -o no- por la violencia. Pero los totalitarios del siglo pasado se percataron de algo nuevo: entendieron el sustrato de civilización sobre el que trabajaban. Creyeron posible edificar el poder totalitario sobre el solar de una civilización cristiana.

De la misma manera que no hay una moneda tan pequeña que no lleve la imagen del César, así tampoco existe ningún hombre tan insignificante que no porte la imagen de Dios. Hasta los más débiles han de ser ontológicamente reconocidos y respetados. ¡Especialmente los más débiles! No hay nada, por lo tanto, más opuesto al totalitarismo que el cristianismo.

En vista de todo ello, imponer sobre el solar de la civilización cristiana un régimen totalitario pudiera parecer, a primera vista, una empresa desesperada. Pero los totalitarismos del siglo XX descubrieron cómo hacerlo: a base de represión y de utopía moral. Se podría decir con otras palabras: violencia y propaganda.

Los totalitarios del siglo XX pudieron pensar así: hay un mundo formado en el cristianismo que está dispuesto a la indignación, a odiar el mal, a luchar contra la injusticia. No hay más que ofrecerle una causa de tal corte y descalificar moralmente a todo el que no se sume. Busquemos causas justas de las que servirnos, tendremos de nuestro lado a todos aquellos que aman las causas justas. Acusemos a quien ha combatido hasta ahora el mal de haberlo consentido y promocionado por no haberlo eliminado por completo. Extendamos la especie de que para erradicar la injusticia necesitamos el poder, todo el poder. Ello nos justifica para asaltarlo y para eliminar como conspirador a quien se oponga o simplemente dude.

La represión tiene menos ciencia, pero la utopía moral sí que ha de darnos que pensar. Los totalitarios se instalaron sobre el viejo solar del cristianismo apelando a ciertas causas justas. Los totalitarismos encontraron, así, el terreno abonado, tras muchos siglos de civilización cristiana, para la movilización indignada. E inmediatamente pervirtieron con su hipocresía estas causas en principio justas. Las usaron solamente como vectores para instalar un poder totalitario. Aun así, muchos de buena fe les siguieron con fidelidad a lo largo de un fraudulento camino de supuesta perfección.

Algunos pensadores modernos creyeron haber descubierto algo crucial: el mundo está mal organizado. Imaginaron entonces que podría ser reconstruido con mayor perfección desde los dictados de la Razón… de su razón. Y vieron en los regímenes totalitarios la herramienta adecuada imponer sus ideas sobre el mundo. Es la única explicación posible de la condescendencia con que muchos intelectuales (y artistas) trataron al horror. Quizá, por encima del miedo, de la fama y del dinero, les movió la vocación de poder, la tentación de edificar -por dictador o partido interpuesto- un mundo a la medida de su caletre. En el fondo y de nuevo encontramos una enfermedad ontológica antes que moral: un ego sin límites.

Se identifica el fin del comunismo con el fin de la era moderna, entendida esta como la época del orgullo de la razón, es decir, la edad en la que se pensó que el mundo de la vida admitía ser configurado desde las ideas, o más bien desde las ideologías. No es extraño que muchos intelectuales se resistiesen a perder el campo de pruebas ideológicas con el que los totalitarios les adulaban.

El totalitarismo actual se sienta a la mesa y ojea la carta de causas justas. ¿Qué nos queda en el menú? feminismo y ecologismo como platos fuertes, y quizá alguna causa más de guarnición (indigenismo, orientación sexual, sufrimiento terminal, animalismo…). No rebajo un ápice el vigor y la justicia de cada una de estas causas. Son los actuales herederos del totalitarismo quienes lo hacen, quienes las toman a título meramente instrumental. A ellos se sigue sumando buena parte de la intelectualidad y del mundo del arte, con la (vana) esperanza de poder fijar su impronta sobre el mundo. Y, desde que la causa social ha decaído y no supone ya amenaza para las grandes fortunas, también se añaden a esta partida algunos de los mega-ricos del planeta, quienes buscan, después del dinero, el poder de configurar el mundo de la vida.

Hay justicia y razón también en reclamar igualdad para todas las personas, al margen de la orientación sexual de cada cual. Pero hay quien pretende convertir esta reivindicación justa en una cuña para debilitar la institución familiar, que históricamente ha funcionado como lugar de resistencia frente a los abusos del poder político. De nuevo, cabe temer que las personas más vulnerables, una vez utilizadas para la campaña totalitaria, sean olvidadas y acaben resultando damnificadas.

Muchas personas quisiéramos ponernos al servicio de las causas justas sin sacrificar por ello nuestras libertades a ningún designio totalitario. De hecho, el intento de erradicar el mal por imposición totalitaria produce un mal mayor, la ausencia de libertad y, con ello, la anulación de la posibilidad de todo bien.

Queremos vivir allá donde cada uno reconozca a los demás como personas y sea reconocido en esos mismos términos por todos los demás y por los diversos poderes; donde los seres humanos no sean tomados como meras pieza de una entidad mayor. Entonces, ¿qué podemos hacer? Si quisiéramos volver al principio de este artículo, podríamos decir, que tenemos que evitar la estupidez para así proteger la genuina bondad.

En primer lugar, es crucial la cuestión de la iniciativa. Hay que tomar la iniciativa en la defensa de las causas justas desde un espíritu de libertad, como en su día lo hicieron las primeras feministas o los primeros conservacionistas…

En segundo término, es importante no dejarse llevar del ronzal y denunciar el uso torticero de las causas justas siempre que este se produzca. Y es importante, sobre todo, porque de dicho uso torcido se siguen siempre los mayores males para los más vulnerables.

Lo que hay que hacer tal vez se podría resumir en la fórmula magistral “prudentes como serpientes, sencillos como palomas”. No se trata de que uno haya de ser astuto para manipular a los demás. Lo que indica el texto es que uno ha de ser sencillo, inocente, y al mismo tiempo prudente, para que nadie pueda manipularle con facilidad en su inocencia. La prudencia, aquí, está para proteger la inocencia. Quien detecta y denuncia prudentemente la manipulación totalitaria de las causas justas está ya poniendo su grano de arena a favor de una buena resolución de las mismas.

REFLEXIÓN SOBRE EL DOLOR Y EL SUFRIMIENTO

La enunciación misma del título de esta reflexión, anuncia ya lo difícil y problemático del mismo. En efecto, el dolor humano, en sus diferentes formas, manifestaciones y niveles ha sido objeto de tratamiento por parte de diferentes disciplinas, de la literatura a la medicina, de la filosofía a la psicología, de la teología a la antropología, etc.

Aproximaciones preliminares:

De lo que se trata es de dar cuenta del nivel filosófico de trascendencia que existe detrás de los fenómenos o vivencias que nosotros conocemos bajo el nombre de dolor y de sufrimiento, o algunos otros estados derivados de éstos, algunos de los cuales a veces son considerados como sinónimos, aunque no siempre de manera correcta.

El dolor es “la consecuencia de un estado de disfunción local en un tejido vivo, la consecuencia de un estímulo que causa la sensación de dolor, pero que provoca también respuestas reguladoras como los reflejos, y puede también inducir emociones por su cuenta”. Por supuesto, esta definición, como otras similares, se enfocan en la cuestión del dolor físico, aunque sustituyendo lo de “tejido vivo” por “ánimo”, “espíritu”, incluso “conciencia”, u otras semejantes, la definición podría mantenerse.

“Hay dolor verdadero cuando lo que el hombre experimenta es la presencia auténtica del mal, y los restantes dolores y sufrimientos y molestias son sólo signos, ecos o preanuncios del dolor”. Es decir, el dolor está constituido por la concreción de la experiencia del mal -mal físico, mal espiritual, pero, finalmente, mal-. Por eso podemos hablar de “estar mal” o “sentirse mal”, es, auténticamente, “sentir el mal”.

Cuando hablamos del dolor, aun limitándonos únicamente al dolor físico, no podemos quedarnos con una interpretación de carácter meramente fisiológico o biológico, porque siempre le faltará la componente experiencial subjetiva de la vivencia de cada persona humana.

Realidad muy compleja, pues, en la experiencia del dolor vemos interactuar de manera evidente elementos físicos y psíquicos, así como espirituales, dando cuenta clara y objetiva de la validez de la concepción sobre la estructura de la persona humana, un ser que posee las siguientes dimensiones, a saber: el cuerpo en sus dos aspectos, Psique y Espíritu.

Ahora bien, se suele relacionar siempre el dolor con el sufrimiento. El sufrimiento va más allá de la experiencia dolorosa, la trasciende. “En el dolor, entonces, se revela al hombre no sólo la enfermedad, sino también el estado de hecho de su ser. En el dolor, salen a la luz la enfermedad y la muerte a la que la enfermedad remite. Se ha despertado en él (en el hombre) la memoria, que no habla solamente de los males pasados y de los momentos de felicidad perdidos, sino también, y esto es lo peor, prevé las aflicciones por venir: esto ciertamente se repite, y además termina con la muerte. A este dolor doy el nombre de sufrimiento”.

Siguiendo con la necesidad de dar cuenta de la no coincidencia de ambas vivencias, dolor y sufrimiento, diremos también que, mientras que el dolor es esa experiencia primaria ya descrita del mal, dirigida por una sensación particular hacia nuestro ser

-físico o psíquico-, el sufrimiento es la elaboración a nivel de la conciencia de tal experiencia. El sufrimiento hace su aparición en este momento, a ello se refiere, es ésta la experiencia del sufrimiento, desencadenada por la experiencia de dolor, que sería, entonces, su base o punto de partida.

El sentido del dolor y el sufrimiento:

“¿Por qué el dolor? ¿por qué el sufrimiento?”. Ya se manifestó al inicio que la experiencia del dolor es la experiencia de la presencia auténtica del mal.

Se partirá diciendo que la experiencia del dolor es importante para el mantenimiento de la vida humana. Si no tuviéramos dolor, significaría una completa ausencia de sensibilidad, por lo que los peligros y amenazas que constantemente evitamos de manera aparentemente inconsciente, acabarían haciéndonos un daño mayor, hasta la completa descomposición de nuestra relación con el mundo, es decir, la muerte. De paso, esta ausencia de sensibilidad, no permitiría experimentar el placer como algo, si no opuesto, sí muy distinto en relación de oposición y alejamiento, del dolor.

Existe, además, en la vivencia dolorosa y sufriente un desafío importante para la razón instrumental, el cálculo costo-beneficio que impera mayormente en nuestro tiempo y sociedades. Por supuesto, ni la enfermedad, con los dolores que puede conllevar, ni el sufrimiento de ella desprendido, ni eventualmente el horizonte de la muerte como desenlace último son objeto de esta racionalidad contemporánea, calculadora e instrumental. “Éstos (sufrimiento y muerte), exigen del hombre un trabajo totalmente distinto, un trabajo extraordinariamente difícil que consiste en luchar consigo mismo y en buscar la salvación de su propio ser amenazado por la muerte”.

Y es que la pregunta por el sufrimiento implica la pregunta por la propia existencia, es decir, se trata de la pregunta por lo más importante del ser humano, que ya no se debate en preguntas de segundo grado, por llamarles de algún modo, o en el ámbito de la dispersión, el entretenimiento, las diversiones, ámbito que permea e incide en la mayor parte de las sociedades contemporáneas de corte occidental, y en el que la mayoría de los seres humanos se pierde y permanece, sin llegar casi nunca a esa pregunta fundamental por su propio ser y el sentido de su propia existencia.

Ante la inevitabilidad del acontecimiento del dolor físico, bajo la forma, por ejemplo, de la enfermedad y de la muerte, surge la pregunta por el sentido mismo de la existencia, no sólo la pregunta por el sentido de estos fenómenos. Podemos percatarnos muy bien que, en nuestro panorama contemporáneo y nuestras culturas, “enfermedad” y “muerte” parecen ser ideas en las que no hay que pensar, conceptos que hay que “ocultar”, algo de lo que hay que evitar hablar, como si no formara parte esencial de la realidad humana en nuestro existir cotidiano.

Los medios masivos de comunicación, la hiperinformación, el advenimiento de las nuevas tecnologías usadas no como medios sino como fines en sí mismos, han creado una cultura ficticia, en la que cada uno de nosotros no puede tener defectos ni físicos, ni psíquicos, en que la pura apariencia es considerada valor supremo y donde los innegables valores como el de la salud y el bienestar son elevados en un grado que no corresponde al de su relación auténtica con el ser humano; sin embargo, no se trata de evitar el dolor y el sufrimiento a toda costa, como parece ocurrir en muchas sociedades actuales, en donde lo que hay es una afirmación vana del sí mismo y su poder, antes y por encima de los otros, de los demás.

Esta reflexión sobre el panorama cultural actual hace surgir al menos dos actitudes y posiciones que las personas pueden adoptar frente al dolor y el sufrimiento; la primera es la de que es importante recurrir a toda la tecnología posible para eliminar cualquier tipo o vestigio de enfermedad y toda causa posible de muerte, sin que exista límite alguno en esta recurrencia a la ciencia y la tecnología; la segunda, que considera a la medicina y los avances científicos como herramientas, como medios importantes, esenciales, pero que tienen límites que hay que reconocer, como instancias fundamentales que, aunque pueden disminuir o aliviar al dolor, sin embargo, no pueden suprimir la experiencia del sufrimiento que implica el estar vivos, y menos aún evitar la muerte.

En buena parte, la verdad de la vida humana proviene de la inevitabilidad de la muerte; pero también que esta verdad, antes de la muerte, está impregnada por una conciencia o, mejor dicho, autoconciencia de nuestra finitud y fragilidad que da cuenta entonces del significado posible de los diferentes dolores y sufrimientos que se hallan en nuestro vivir.

Concluimos enfatizando, entonces, que la experiencia del dolor junto con el de su elaboración consciente, el sufrimiento, constituye una oportunidad para intentar comprender mejor la constitución del ser humano que se pone la pregunta por el sentido de tales vivencias, al mismo tiempo que la constitución de los otros que le rodean, que, a su vez, pueden constituirse como acompañantes en esta misma búsqueda por el significado y sentido de la aflicción y la pena, tanto física como espiritual.

El preguntarse por el significado y el sentido implica la búsqueda de la verdad del ser mismo de la persona humana; sólo aquellos que tienen el valor de enfrentarse a estas realidades y preguntarse por ellas, puede realmente ser consciente de sí mismo, esto es, conocerse auténticamente y, por ende, vivir en sentido profundo y pleno del término.

Preguntarse es entrar dentro de sí mismo, y poder ver cómo se es a través de la experiencia del sufrimiento, implica igualmente desencadenar el verdadero dolor, porque a través de la experiencia de la imposibilidad de relacionarnos con lo real, podemos darnos cuenta del dolor que genera la conciencia de nuestra propia estructura óntica u ontológica, de nuestro ser limitado, de nuestra fragilidad.