¿ESTAMOS PREPARADOS PARA UNA NUEVA ÉPOCA?

Reflexionando con mi compañero Ramsés, de nuestro grupo filosófico…

Frente a la normalidad y el hartazgo de las situaciones humanas, la casa, el trabajo, la rutina,… han revelado su secuestro radical. El sentimiento de recuperación de lo normal señala que, lo que hasta hace poco era digno de aburrimiento, hoy muestra su carácter exótico. Lo que creíamos estable y constante se ve interpelado por lo extraño e inapropiable. Hoy estamos secuestrados por un acontecimiento anónimo y su ámbito ontológico no se agota en la política. Ha trastocado la continuidad del tiempo de todos.

El hacinamiento de los países, pasiva o activamente, ofrece la ruptura de las prerrogativas políticas que separan o unen a los pueblos. Hay una unidad invisible entre las personas que no es susceptible de ser sometida a la espacialización. Es el tiempo del mundo el que parece en suspenso. El aislamiento ha unido y obligado a recordar lo que estaba separado y olvidado. Vuelven desde su ausencia los viejos amigos y los antiguos amores. La lejanía física de nuestros prójimos y próximos desaparece a partir de la puesta en común del lenguaje y éste último deviene medio de reconocimiento, testimonio y olvido.

En los momentos de mayor incertidumbre es necesario comenzar a hablar. Hablar consiste en dar testimonio. Expresión de lo singular inabarcable. ¿Qué habla está dispuesta para esta situación? La palabra de las víctimas, el testimonio, de los que llevan en sí la enfermedad y la padecen ofrece modos absolutos de habitar la grosera extrañeza de la pandemia. Frente a las víctimas el habla de los medios de comunicación está mediada. La mediación es una interpretación interesada. Pero es necesario escucharla. No obstante, si hay que prestarle atención su lenguaje no debe dominar el núcleo de la interpretación. La palabra de los que sufren ofrece esperanzas para convivir con una realidad que hoy nos sobrepasa. Nada nos había preparado para un acontecimiento tal. No contamos con ningún modelo para aprehenderlo. Es así que solo las víctimas podrán ofrecer cómo se vive ante esta realidad. Su habla nace del sentido originario del ser de la afectividad. Es así que la palabra del que se encuentra secuestrado por el dolor debe ser escuchada.

Por ahora, en este instante, es necesario atender que estamos cerca de olvidar lo fundamental. La situación en la que nos encontramos revitaliza el sentido de la vida en la búsqueda incesante de la verdad. Si estamos cerca del precipicio es porque nos descubrimos volviendo violentamente al fondo del sentido donde los misterios se muestran en su crudeza y desnudez. En esta vuelta se ponen en intermitencia las preguntas fundamentales, las que carecen de interpretación y las que muestran si estamos listos o no para acceder a una escucha sin precedentes.

El sufrimiento originario no es digno de interpretación. Esto señala que es necesario aprender desde aquí a detenerse. También el filósofo tiene miedo. También los sabios intentaron regresar a sus lugares familiares. ¿No es necesario, ahora que cada uno se ha vuelto una pregunta para sí, pensar si lo que interpretamos está sometido a la fuerza de nuestro lenguaje? Interpretar consiste en modificar una realidad. La lengua y la realidad pertenecen a dos ámbitos ontológicos distintos. Y, si aún se puede decir algo al respecto, la realidad es mostración y brillo, apertura que carece de forma y materia. La realidad vive y palpita derramando las potencias de los misterios. Revela su donación sin exigir de suyo ningún interlocutor. La realidad es el constante derramamiento de la manifestación. La realidad no se agota en el lenguaje y excede las cosas materiales.

No sabemos en qué situación estamos. Sus bordes aún nos son desconocidos. Nuestras palabras se encuentran conmovidas pues la revelación de esta pandemia nos ha dejado absolutamente desorientados. El mundo nos lanza una pregunta. Y el miedo nos ha aislado y mantenido mudos. La soledad que nos conmina, auspiciada por el aislamiento sistemático, ofrece un tiempo para retornar al cuidado de sí como momento previo a la calma. El cuerpo es la casa del lenguaje. Su salud es la condición para expresarse. Así, secuestrados por una situación inasumible, el silencio emprende su precondición como la situación vital desde la que se muestra que, para comenzar a hablar, hay que estar preparados.

Hemos extraviado la diferencia entre lo cercano y lo lejano. El acontecimiento, no lo sabemos, en el que nos encontramos, señala que estamos secuestrados por una totalidad. Paradójica realidad de una cultura cada vez más individual. Exceso de impotencia para unos seres que, hasta hace poco, tomaban su orgullo de la vanidad. El poder de ser individuo se ha perdido. No obstante, a diferencia de las fuerzas que han dominado la comprensión histórica del poder, en el último hombre de la historia, lo que padecemos hoy revela una fuerza superior, un poder latente, invisible, que ya no deja espacios sin habitar. Ha comenzado la época en la que finaliza el modelo nihilista a partir del cual era posible cualquier reconstrucción, personal o espiritual.

Es el fin de los apocalipsis hermenéuticos. Hoy en día todos los espacios están habitados por el mismo fantasma. Y, aquí surge la pregunta de nuestra meditación: ¿estamos preparados para pensar para mañana? No lo sabemos todavía, mientras tanto, necesitamos atender, más allá de toda política y toda biología – si es que podemos sobrevivir singularmente a lo que nos pasa – las potencias que se esconden en el seno de un acontecimiento que nos puso inmediatamente en el abismo. Guardar silencio y escuchar el testimonio ofrece el modo de habitar este momento. Aún no es tiempo de poner palabras en lo que está por venir. Es tiempo de silencio y de cuidar de sí.

Malos tiempos para envejecer…

Como dice Roberto R. Aramayo, Profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas:

“Antes de la pandemia del Covid-19, cumplir 60 años significaba entrar en la madurescencia y tener casi media vida por delante. Incluso había que seguir trabajando bastantes años más. Pues de otro modo se sobrecargaría el sistema de pensiones, debilitado por una sustantiva merma de cotizaciones del precario mercado laboral.

Sin embargo, de un día para otro, esa edad se torna el umbral de acceso al mayor grupo de alto riesgo sanitario, según las primeras estadísticas de mortandad producidas por la pandemia. Los madurescentes devienen sin solución de continuidad unos “vejestorios”, aunque sigan teniendo por delante muchos años de actividad laboral para poder jubilarse y dejar su puesto vacante.”

Por añadidura, la saturación del sistema sanitario plantea dilemas morales harto complejos. Se impone que los médicos evalúen las “expectativas vitales” del paciente. Cuentan los antecedentes clínicos, pero también el factor de la edad y, nos guste o no, tal criterio podría dar pie al paulatino e inadvertido advenimiento de una indeseada eugenesia.

Al tratarse de una emergencia, las medidas adoptadas deberían ser provisionales. Con todo, pueden dejar su poso, al modo en que lo hace la calumnia. En una sociedad donde prolifera la escasez de recursos, los más viejos pueden acabar estorbando.

A juicio de algunos, los ancianos deberían ceder con alborozo su cuota de cuidados intensivos a pacientes jóvenes, particularmente si estos tienen descendencia. Para sustentar este parecer, alegan principios éticos que hacen coincidir con su particular óptica cristiana e invocan una solidaria filantropía utilitarista en el seno de “la gran familia humana”, la cual se vería dignificada con semejante planteamiento.

Si tomamos en cuenta la edad o cualquier otro criterio personal para repartir la escasez de recursos, el siguiente paso podría ser el de catalogar a la ciudadanía según determinadas clases o categorías, e ir admitiendo sin darnos cuenta una eugenesia generalizada, tras descartar a quienes tengan menos esperanza de vida por una u otra razón.

Una cosa es tener que tomar puntualmente una compleja decisión deontológica en el trance del triaje, u optar personalmente por la eutanasia, y otra muy distinta otorgarle una cobertura teórica desde principios morales al indeseable trance de no poder vernos asistidos por escasear unos determinados recursos, como si esa opción pudiera devenir un criterio ético con validez universal para todos y bajo cualesquiera circunstancias asimilables. Cuando en realidad es una máxima de índole pragmática y totalmente coyuntural.

Imaginemos que junto a la edad se fueran tomando en cuenta otras circunstancias personales. Como las condiciones físicas naturales o adquiridas, la situación patrimonial, los trastornos emocionales, albergar unas creencias determinadas o el estar sin trabajo. Pues todo ello viene a incidir en las expectativas de vida del paciente. Por esa resbaladiza pendiente podríamos precipitarnos hacia el abismo de las doctrinas eugenésicas y es peligroso asomarse a ese precipicio sin las debidas cautelas.

Desde la noche de los tiempos, tribus, ciudades, pueblos y naciones han regido sus destinos comunitarios dejándose asesorar por un consejo de ancianos, al entender que su experiencia resultaba capital para fijar los rumbos de la comunidad. Entre nosotros esa sensibilidad parece haber cambiado. Quizá porque la juventud se siente postergada en un sistema que les impone una feroz y excluyente competitividad mutua.

Dentro de las prioridades que la traumática pandemia debería cambiar, está una robusta y bien dotada red asistencial para el vulnerable colectivo de nuestros ancianos. Hay que costear sin reparar en gastos cuidadores domésticos en hogares propios o tutelados y brindar alternativamente acomodos dignos en residencias que merezcan tal nombre. Este capítulo debería ser unas de las inversiones preferentes para nuestras arcas públicas.

A esta grave amenaza sólo se la puede combatir con una cooperación global y cosmopolita de sesgo kantiano, que nos permita encontrar con mayor eficacia vacunas para todos al margen de las patentes, allegar con urgencia los recursos idóneos a este tipo de crisis y adoptar las medidas oportunas destinadas a paliar los estragos económicos, políticos y sociales de la pandemia del Covid-19.

Para todo ello hay que poner entre paréntesis esa despiadada competitividad económica ultraneoliberal que lo trastoca y subvierte todo. En ese contexto se debe incentivar el respeto hacia nuestros mayores como un valor social ineludible. Quienes fueron los niños de la guerra siempre han sabido mostrar una solidaria generosidad con las generaciones posteriores que ahora les regateamos a ellos por la hegemonia del pensamiento único.

Más nos valdría venerar e integrar socialmente a nuestros mayores, en lugar de apresurarnos a darlos por amortizados. Sea cuál sea nuestro camarote al iniciar el periplo de la vida, en sus últimas etapas cualquiera merece ocupar una confortable cabina bien equipada, sin temer verse arrojado por la borda como un lastre.

Nuestra mirada sobre nuestros mayores perfila el modelo de sociedad que anhelamos. A este respecto, la crisis del Covid-19 ha reflejado una imagen bastante sombría en el espejo de nuestra moralidad.

¿GUERRA PARA PONERNOS LAS PILAS?

Me pregunto, cómo lo hace mi compañera Graciela, del grupo filosófico al que pertenecemos: “¿Estamos en guerra?”

Parece que sí; una guerra en la que las armas son los respiradores, las mascarillas, los guantes, las camas de hospital, los tubos de oxígeno, las camillas, las vendas, los algodones…

Casi todo es de color blanco en esta supuesta guerra: desde las batas hasta las mascarillas.

Los soldados (personal sanitario) sonríen, lloran, derraman sus miradas más tiernas y amorosas, aplauden cuando alguien sale de la UCI, ponen el mayor empeño en conservar las vidas, en cuidarlas, en salvarlas. ¿Es esto una guerra?

Luego estamos todos los demás, que vendríamos a ser, en el lenguaje bélico “la retaguardia”.

Tampoco parece que se nos vea en posiciones y actitudes muy aguerridas. Básicamente estamos en casa. Solos o acompañados de nuestros seres queridos.

Cocinamos, limpiamos, arreglamos nuestro hogar, nos cuidamos, lloramos, reímos, nos comunicamos cada día con nuestros seres más queridos para preguntar por su salud, por su estado de ánimo, por sus problemas, para felicitarlos por sus cumpleaños, sus santos, para darles algún consejo.

Algunos intentan seguir con su alto nivel de productividad en el trabajo “como si nada hubiera pasado” quizás por temor a que la locura y el miedo los desborden. Otros intentan distraerse viendo cientos de películas en un afán de apartar por un rato el “estado de alarma” que bulle en sus cabezas como una amenaza en forma de incertidumbre.

Otros leen libros, meditan, reflexionan, escriben artículos…

Intentamos muchas cosas…hasta que, al fin, en algún momento nos rendimos (¿como si ya diéramos la guerra por perdida o como si quisiéramos cambiar esta “falsa guerra” por otra cosa distinta para la cual aún no tuviéramos palabras?)

Algunos descubren el silencio una vez que todo se ha detenido, como si el silencio fuera algo que habían olvidado.

Otros miran al cielo desde sus pequeñas ventanas y lo observan más azul y más limpio una vez que han desaparecido gran parte de los coches que circulaban por las carreteras y los aviones que surcaban permanentemente el horizonte.

El planeta, este planeta Tierra al que nos ha costado tanto sentir como nuestra casa parece estar descansando de nosotros, sus habitantes, descansando de la presión torturante a la que le estábamos sometiendo, arrogantes como nos hemos vuelto en la pretensión de dominarlo.

No, esto no parece una guerra.

La gente nos manda todos los días canciones hermosas, que nos hablan de fraternidad, de entregas amorosas, de esperanzas en una vida más dulce y más tierna, nos enviamos sonrisas, abrazos, nos prometemos besos que no nos podemos brindar ahora y que por eso valoramos de pronto tanto.

Empezamos a tener tiempo para mirarnos a nosotros mismos, para ser testigos de nuestras propias vidas detenidas de golpe como cuando se aprieta el botón de una cámara y nos vemos paralizados en medio de una frenética carrera, en medio de un salto al vacío… ¿a dónde íbamos? ¿hacia dónde saltábamos? Si parece que hasta el mismo transcurrir del tiempo hubiera cambiado…

Nos sobreviene de golpe un recuerdo, una dulce emoción y alguien a quien habíamos olvidado o que nos había olvidado nos llama por teléfono o nos envía un mensaje, o una foto antigua.

¿Guerra? ¿Estamos en guerra?

Sí, me diréis, pero hay muchísima gente sufriendo, muriéndose en los hospitales, ahogándose…hay mucho dolor. Y es verdad, hay mucho dolor, y mucha muerte, y muchos errores, y muchas torpezas, y… ¿pero acaso somos capaces de hacerlo de otro modo? ¿Alguna vez lo hemos hecho de otro modo?

También hay escenas risueñas, casi pueriles. Un guardia civil corta el paso en la carretera a un coche cuyo conductor le dice que se va a su casa de fin de semana porque… “esta muy agobiado” y el guardia civil, con expresión paciente le responde “sí, claro, hombre….como todo el mundo!” o una joven se hace famosa con una canción que repite una y otra vez “Quédate en tu puta casa!” que es como decir “venga tío, entiéndelo de una vez, se trata de no colapsar los hospitales, ¿te enteras?”

La verdad, amigos míos, entiendo que Macron utilizara esa imagen de la guerra a la hora de pedirle a sus compatriotas un sacrificio que imaginaba muy duro de realizar…y que necesitara dar un toque de atención, incluso una llamada a la madurez, a la responsabilidad y a la disciplina al grupo de adolescentes que somos…

Sin embargo, si hago un repaso de todas las imágenes, de todas las palabras y gestos de estos días, (¡y solo llevamos un mes!) no veo en absoluto teñirse el cielo de rojo, ni la sangre derramarse por los suelos, ni las espadas atravesando las carnes, ni oigo el estruendo de las bombas por las noches…solo oigo el rumor del mar y los aplausos de mis vecinos a las 8:00; y la canción “Resistiré”…

Al mismo tiempo enciendo la TV y escucho que el presidente de la ONU pide, más bien exige, un alto el fuego en los escenarios de las guerras esta vez sí… reales en distintas partes del mundo.

¿Qué pasa? Me pregunto… ¿Por qué no lo exigía antes?

La verdad es que como a la mayoría de mi generación y de los más jóvenes, nunca me tocó vivir una guerra y sin embargo pienso en ciertas imágenes en horas punta o en el estruendo del tráfico de los coches por las avenidas y autopistas y aparecen en mi mente como algo más cercano a una guerra que este renacer de todos y de cada uno al paso de la enfermedad y la salud.

Esto no es una guerra queridos míos, esto lo veo yo más cercano a un trabajo, a un gran esfuerzo, al cumplimiento de tareas largamente postergadas, a una apertura de sentidos, de inteligencia y de corazón que veníamos necesitando, cada uno de nosotros consigo mismo y con los demás. Para decirlo de otra forma: un “ponerse las pilas”.

¿POPULISMO?

Comprender el auge de los partidos populistas supone un reto para las ciencias sociales. Hay dos grandes tipos de argumentos para explicar el auge del populismo en las democracias europeas, unos se centran en razones culturales y otros en razones económicas; en las regiones europeas más perjudicadas por la globalización, el voto populista aumenta más allí donde el capital social es más bajo.

Para explorar más a fondo esta idea, hay que evaluar el capital social en regiones de toda Europa. Para ello, se analizan la densidad del tejido asociativo, la confianza interpersonal de los ciudadanos y la confianza en las instituciones. Por otro lado, se evalúa el populismo de los partidos a partir de sus programas electorales.

Con ello, se puede comprobar también si hay una relación entre populismo y falta de confianza. Si los resultados confirman que el capital social limita la sensación de vulnerabilidad de los ciudadanos, sería un argumento para adoptar políticas que incentiven un tejido asociativo rico y plural que contribuya al bienestar de las personas.

Por todo lo anterior…

¿HABLAMOS DE POPULISMO SOCIAL?

Vamos allá…

Como dicen Alejandro Sánchez Berrocal, Investigador de Filosofía, del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS – CSIC); y Francisco J. Martínez Martínez, Catedrático de Filosofía, UNED. El populismo está de moda. Su presencia constante en los debates mediáticos, desde los platós de televisión a las redes sociales, demuestra que el concepto ha devenido marco teórico fundamental para comprender las experiencias sociales de nuestro tiempo.

No obstante, existe una cierta insatisfacción por el uso de “populismo” como un cajón de sastre. La noción sería una etiqueta, estropeada por hacer referencia a fenómenos muy diversos, cuyo uso ideológico busca despreciar o ensalzar a priori una determinada opción política.

Populismos históricos:

Un indicador valioso para abordar la cuestión puede ser la historia. “Populismo” es una idea que nos lleva a finales del siglo XIX. Hace referencia a movimientos sociales en dos contextos muy diferentes: Rusia y Estados Unidos.

Los populistas rusos (naródniki) idealizaron las tradiciones de las clases populares (fundamentalmente campesinas) y se enfrentaron a la modernización “occidental”, percibida como un peligro extranjero que disolvería los lazos sociales.

En Estados Unidos, el People’s Party agrupó a granjeros y pequeños empresarios que vieron cómo su sencillo estilo de vida era muy diferente al de una clase política “privilegiada” y “corrupta”.

Ambos fenómenos, aunque sucedieron en países diferentes, tienen algunas características comunes. Por ejemplo, la ambición de “acercarse al pueblo”. También, una intensa moralización de la política y la defensa de un discurso anti-establishment. Sobre todo, nos evidencian las tensiones propias de sociedades en procesos de modernización, que pasan de organizaciones tradicionales al incipiente capitalismo de masas.

Un siglo más tarde el populismo recorre algunas regiones de América del Sur. Políticos como Getúlio Vargas (1882-1954) en Brasil y Juan Domingo Perón (1895-1974) en Argentina protagonizan un segundo momento populista.

La demagogia y el carisma alimentaron hiper-liderazgos caudillistas de políticos que se percibieron como “guardianes de la justicia social”. En un escenario global polarizado, estos regímenes no se consideraban “ni capitalistas ni comunistas”. Así, el populismo sirvió de “tercera vía” capaz de estructurar una rígida comunidad política.

Tras el derrumbe de la Unión Soviética los países hispanoamericanos optan por dos caminos diferentes.

En Perú o Argentina, el populismo se renueva de la mano de líderes políticos -Alberto Fujimori (1938) y Carlos Menem (1930), respectivamente- que desconfiaron del socialismo y optaron por las políticas neoliberales del llamado Consenso de Washington.

Resultan opuestos los casos de Bolivia, Ecuador o Venezuela, donde se propuso la transformación del orden social hasta entonces vigente a través de asambleas que crearon nuevas constituciones. Se reforzaron los mecanismos de intervención en las instituciones y la democracia dejó de concebirse como mera representación y pasó a encarnar la misma “voluntad del pueblo”, una idea siempre peligrosa en política pero muy querida por los populistas.

El populismo, hoy:

El “populismo” de nuestros días no se entiende sin una referencia a las transformaciones sociales y políticas que han caracterizado nuestro presente: la crisis de la democracia representativa y las instituciones de mediación política, la irrupción de los social media, las alteraciones en la composición de clase de la comunidad política y el vaciamiento de la soberanía de algunos estados-nación.

Con semejante trasfondo, una cuestión central que no podemos perder de vista: el discurso del “fin de la historia” o “fin de las ideologías” ha llegado a su fin.

Durante las últimas décadas, a través del proceso de “globalización”, hemos asistido a la progresiva asimilación entre los dos polos del eje izquierda-derecha, hasta el punto de que ambos bloques ideológicos han perdido su contenido político y social para asumir el encargo de una gestión supuestamente neutra (“gobernanza”), tomando como guía los mandatos de “modernización” y “eficacia”.

Tanto la izquierda habría abandonado sus reivindicaciones sociales y económicas más radicales como la derecha se habría adaptado al paradigma socialdemócrata. Las diferencias, entonces, quedarían referidas a cuestiones que podríamos denominar pre-políticas o que solo son políticas bajo determinadas condiciones: la defensa de ciertos colectivos, el aborto, la eutanasia, etc.

En nuestros días, sin embargo, se habría renovado la polarización política, solo que en otros términos, cuyo enfoque y alcance merece un estudio profundo: el pueblo contra las élites.

Esta reaparición de la idea de un “pueblo” virtuoso frente a una “élite” corrupta protagoniza los movimientos sociales que surgen en respuesta a las consecuencias más fatales de la última crisis económica: precarización laboral, desaparición de expectativas de progreso personal y social, privatización de servicios públicos, primacía del pago de la deuda sobre otras funciones del Estado, etc.

Es en este punto donde “populismo” empieza a decirnos algo, sin dudas todavía oscuro y confuso, sobre la forma que adopta la lucha de clases en el siglo XXI.

Los indignados:

Occupy Wall Street en Estados Unidos o el movimiento de los Indignados en España son ejemplos de ello. En estas protestas, una clase media con estudios superiores y otros estratos sociales fuertemente precarizados se movilizaron al ver rotas sus expectativas de reproducción social y, en definitiva, el derrumbe de aquello que se ha venido llamando “Estado del bienestar”.

Actualmente, la indefinición y liquidez que caracterizan el concepto de “populismo” abre un peligro: el rechazo de cualquier alternativa política no asimilable a los principios políticos neoliberales por el mero hecho de ser calificada como “populista”, creyendo haber conjurado así al fantasma. La importancia de un análisis íntegro, racional y prudente del populismo consiste, precisamente, en que nos ofrece el punto de partida para la crítica social del presente.

El populismo económico:

El populismo económico tiene larga trayectoria. América Latina ha tenido grandes exponentes de retórica populista, Europa no se ha mantenido ajena, otros muchos países también se han visto afectados. En todos los casos los efectos han sido de nefasto recuerdo. Recientemente, hemos visto el caso del Brexit en el Reino Unido o la reactivación del proteccionismo en EEUU.

Los motivos del repunte del populismo son diversos: Los problemas de desigualdad asociados al proceso de globalización, las estructuras de mercado en las que “el ganador se lo lleva todo”, los cambios en el mercado de trabajo y el descontento generalizado por el incumplimiento del pacto social y de las expectativas generadas por el mismo. Estos factores han generado un desapego de la política y han impulsado el surgimiento de propuestas populistas que tratan de capitalizar el descontento.

Lejos de la ciencia económica:

El populismo necesita alejarse de la ciencia económica, por la que muestran un recelo y en ocasiones realizan un ataque frontal, siempre retórico y alejado de los principios científicos. Adicionalmente, pretenden una manipulación o simplemente eliminación de las fuentes de información que evidencian los efectos económicos negativos de sus iniciativas.

El populismo político propone políticas fiscales expansivas que a corto plazo estimulan la economía. Los incentivos a largo plazo disminuyen y se aumenta el consumo a corto plazo, por lo que la sensación de reactivación se retroalimenta y hace ganar apoyo a las políticas populistas que se ven refrendadas por la opinión pública.

Sin embargo, a medio plazo, los colchones que permitieron la realización de la política expansiva se agotan, la deuda se acumula y los financiadores externos se vuelven más exigentes. La consecuencia son el repunte de la inflación, la falta de financiación y la fuga de capital que huye de la crisis.

El apoyo de los intelectuales:

Frecuentemente, el populismo encuentra apoyo en una clase artístico-intelectual que haciendo oídos sordos de la razón prefiere acercarse a un poder político que les proporciona el reconocimiento del que se cree merecedora.

Evaluación presupuestaria e independiente:

Sería conveniente que una institución independiente, pública o privada como una fundación, elaborara una evaluación presupuestaria de los programas electorales; para que de esta manera, los partidos y los votantes, tengan información más precisa sobre las consecuencias de sus propuestas y, de esta manera, puedan decidir con mejor información si se incorporan o no a sus programas.

En definitiva, el populismo político se afianza en el populismo económico. Desenmascarándole se desactivan parcialmente los riesgos, se revierte el descrédito y la desconfianza que sufre la política y se gana en transparencia y honestidad. A veces sirve para sublevar contra problemas reales, pero no para solucionarlos. Busca revancha, pero no reforma.

RESPONSABILIDAD Y CULPABILIDAD DEL DESGOBIERNO

Uno de los desafíos más importantes que la pandemia me ha planteado como aprendiz a filósofo es retomar la responsabilidad como categoría con la que tender, de nuevo, un puente entre la teoría y la praxis, entre la razón teórica y la razón práctica o simplemente entre la acción ingenua vulgar y la acción reflexiva sensata. Y conviene tener mucho cuidado al tender este puente porque en cualquier momento se nos puede citar a un tribunal para declarar como peritos, como testigos o quizá como imputados por algún delito de homicidio imprudente, como recoge el código penal en su artículo 316 que dice lo siguiente: “el que por imprudencia grave causare la muerte de otro será castigado de homicidio imprudente”.

1. Responsabilidad política y responsabilidad penal

El actual Ministro de Sanidad, ha sido denunciado por algunos sindicatos de funcionarios por el incumplimiento de la normativa de prevención laboral cuyos artículos 142 y 147 remiten al 316 del código penal. El elevado porcentaje de profesionales sanitarios afectados e incluso muertos en las primeras semanas de la pandemia ha empujado a los sindicados a exigir responsabilidades al Ministro. A diferencia de otros países que están afrontando la pandemia, en España se estima que en torno al 15% de afectados son personal sanitario. Aún no sabemos cómo resolverán los tribunales esta denuncia pero sí nos conviene hacer memoria de otros casos recientes donde los denunciados no tenían ninguna culpabilidad por los hechos que se les atribuían pero los tribunales determinaron responsabilidades que terminaron con sus profesiones, carreras y proyectos de vida.

2. Negligencia, diligencia y responsabilidad profesional

Entendemos la responsabilidad como imputación de una acción a un agente, este se considera autor de sus actos y, por tanto, se ponen en su cuenta. Como si la vida moral fuera similar a un libro de contabilidad, ser responsable es asignar acciones a la contabilidad de un sujeto, al “haber” si él las ha realizado y al “debe” si no las ha realizado. La responsabilidad moral no puede reducirse a esto pero los expertos en derecho civil o penal saben que los daños pueden medirse, cuantificarse y tasarse con escrupulosa precisión pericial.

Junto a esa responsabilidad que administrativamente podemos llamar “simple” hay otro modo más complejo de entender la responsabilidad que ha sido reivindicado, en nuestros días. Ya no se plantea únicamente como “imputación” sino como “asignación” o “atribución”, es decir, no sólo se plantea en términos de “rendición de cuentas” ante una determinada instancia que nos las pide sino en términos de “hacernos cargo”. La contabilidad pasa a ser sustituida por la gravedad, el plano horizontal de las acciones pasa a ser sustituido por el plano vertical, es el caso de las instituciones, no sólo la maternidad o paternidad sino las relaciones de autoridad. Las categorías de autonomía y elección son insuficientes porque deben ser completadas con las de cuidado y vulnerabilidad.

Esta complejidad también está en: “asistimos a una deriva grave del derecho privado y público que tiende a sustituir el riesgo por el error, error que puede ser técnico, profesional, etc., sin ser delictivo o criminal. En virtud de esta deriva, la socialización del riesgo amenaza con abandonar el terreno de la única noción de seguridad que, a mi juicio, es la más desresponsabilizante de todas. Pero no es solamente la evolución del derecho la que corre el riesgo de anular la primera responsabilidad (imputación). Es también todo el clima de campaña de prensa que ha polarizado la opinión entre los dos extremos, la demonización y la invocación a la fatalidad”.

Sabemos que nuestras autoridades sanitarias y políticas no han sido las culpables del COVID-19 y, por tanto, no tiene sentido atribuirles culpa de la pandemia en sí misma. Ahora bien, lo que cuestionamos es la responsabilidad en la gestión y comprobamos un movimiento de desresponsabilización que acude a los expertos y sus argumentos científico-técnicos. De esta forma, comprobamos una tensión entre las autoridades sanitarias que evalúan su papel en términos de gestión técnica de una fatalidad y, por otro lado una opinión pública que culpabiliza y “demoniza” a las autoridades.

Entre la demonización y la fatalización hay toda una serie de elementos en los que debemos fijarnos de “errores” y fallos técnicos, pero también de una serie de elementos claves en la gestión de instituciones públicas: gusto por las decisiones discrecionales, dobles empleos, acumulación de mandatos, cotos reservados, e incluso la arrogancia de los “grandes y pequeños jefes”. Se complica cuando “añadimos el mundo sanitario, sus investigadores, sus oficinas, sus administradores, sus finanzas, sus rivalidades, sus jerarquías y sus riesgos”. Y eso sin contar con las delegaciones, comisiones interministeriales, circulares, directrices, etc. Cuando se va demasiado rápido a la penalización se pasan por alto factores como las incompetencias para determinados cargos, las negligencias, la marañas administrativas o burocráticas, el retraso en las decisiones y, sobre todo, la voluntad de evitar instancias ante las que rendir cuentas de la gestión.

3. Remendar, enmendar y afrontar el desgobierno

Se pide que no vayamos al ámbito penal y que nos detengamos allí donde se pone en movimiento la denuncia política: en las disfunciones en el ámbito político, es decir, en las variedades en el campo de los errores, en ámbito de las decisiones erróneas que generan desgobierno. Para ello se reclama usar más las vías parlamentarias o que emanen del parlamento, relacionadas con el debate y en el “disenso originario entre los poderes”. La complejidad de la situación y los problemas no exige opacidades de estructuras jerárquicas de poder sino más ilustración: “la publicidad contra la opacidad, la celeridad contra el retraso, la prospectiva contra el hundimiento en el pasado.”

No basta con parchear o enmendar el desgobierno. Rectificar es de sabios y parece ser que algunos políticos solo aciertan cuando rectifican. Sin embargo, hace falta “afrontar” de manera realista el desgobierno, es decir, gobernar una complejidad que requiere humildad antropológica, competencia técnico-administrativa y corresponsabilidad. No es fácil porque, completando:

a. En estas situaciones bioéticas y biopolíticas se produce una confrontación de lógicas heterogéneas entre lo político, lo administrativo y lo científico.

b. Se confrontan ritmos discordantes, entre lo urgente, lo importante y lo valioso; vemos la urgencia del peligro y el tiempo de la circulación de la información, de la verificación, de la gestión administrativa, del seguimiento de los test, de su homologación. En situaciones límites no es fácil acertar. Se nos impone discernimiento entre lo justo, lo legal y lo bueno. Sobre todo porque es difícil discernir entre lo mejor y lo bueno.

c. Comprobamos no sólo discrepancias sino discordancia en las cuestiones simbólicas.Ahora podemos remitirnos a la atribución de “nacionalidad” a las bacterias, los virus o los productos, incluso al nuevo papel de las “fronteras” en tiempos de pandemias. Y junto a ellas las dramáticamente éticas relacionadas con la segregación real y no sólo simbólicas sino biológicas de mayores, discapacitados, marginados o empobrecidos. Por no detallar la gestión de condolencias y conmoriencias.

Por último, para afrontar el desgobierno no sólo hace falta una clase política más diligente e incluso más competente en asuntos públicos o medidas técnicas que eviten y prevengan los errores. Hace falta mayor control parlamentario y mayores niveles de pluralismo en la gestión de los medios públicos de información que están construyendo los relatos. Todas las víctimas de la pandemia, y no sólo los profesionales sanitarios que han emprendido reclamaciones judiciales, necesitamos con urgencia reformar nuestro indigente horizonte cívico-político con alguna consideración filosófica básica. Entre otras: (1) disponer de una narración inteligible de lo sucedido, queremos “más” explicaciones para conseguir una comprensión “mejor”; (2) prestar atención a la responsabilidad moral, evitando los procesos de despersonalización que se amparan en la fatalidad de los hechos y los procesos de victimización que no siempre llevan buena fe; (3) reclamar diligentes y ejemplares formas de gobernanza en situaciones de decisión crítica común; (4) integrar la humildad, la corresponsabilidad y la vulnerabilidad en todos los ámbitos de deliberación pública y (5), capacidad de discernimiento para no aceptar la fatalidad, no demonizar, no criminalizar y no endiosar con facilidad. En definitiva, capacidad para responder a los retos que la sorprendente condición biológica plantea a nuestra indigente condición biográfica.

¿Una sociedad con crisis de valores o con pérdida de virtudes?

En el pasado adquiríamos virtudes humanas, como la sinceridad y la obediencia, en el hogar, mientras la escuela suscitaba hábitos de laboriosidad y disciplina. Luego nos hacíamos más solidarios en una sociedad que, todavía, era educadora. Se asumía que esos hábitos eran necesarios en el proceso de maduración personal y en la preparación para la vida.

Hubo que esperar a que lo educativo fuera influido (y, en algunas ocasiones, instrumentalizado) por lo ideológico, para que surgieran las llamadas “crisis de valores”, algunas de ellas artificiales. Ahora mismo se nos repite como un mantra, que estamos en una de esas crisis que, a pesar de la frivolidad con que se denuncia, (con frecuencia en la barra del bar) admito que existe. Nadie negaría los males que ha causado el permisivismo moral, convertido después en permisivismo educativo.

Lo que no suele decirse es que todos hemos contribuido, de algún modo, a la crisis; no somos simples espectadores de un suceso que nos es ajeno, sino protagonistas. Por eso no basta lamentarse. Por ejemplo, las crisis de algunas familias proceden de la pérdida de valores encarnados (virtudes) en algunos de sus miembros,

Hay valores positivos olvidados, (como la disciplina); valores manipulados (como la autoridad); valores sobreestimados (como la utilidad); valores negativos legitimados (como la picaresca). La jerarquización de la escala de valores se ha trastocado a capricho. La verdad, la bondad y la belleza han dejado de estar en la cúspide de la escala axiológica desplazados por los valores económicos y utilitarios.

En nuestra sociedad no está de moda ni bien visto en algunos ambientes hablar de virtudes; en su lugar se habla siempre de valores, sea porque son impersonales y, por tanto, menos comprometidos, o porque la virtud se suele asociar a la religión (olvidando la existencia de numerosas virtudes humanas).

No conviene mantener indefinidamente los valores en el plano impersonal y abstracto, sino que hay que personalizarlos.

Valores y virtudes son conceptos similares, pero no equivalentes. Un valor es un sustantivo sin adjetivo (lealtad, solidaridad, etc.). Sin embargo, se convierte en un valor vivo (una virtud) cuando se puede identificar como adjetivo de una persona concreta: profesor ejemplar, empleado leal, ciudadano solidario. Adquirir de manera personal un valor implica dominio y señorío de sí mismo mediante el uso de la voluntad.

Cuando los valores dejan de ser algo externo y teórico para transformarse en principios internos de actuación, adquieren el nombre de virtudes.

Por medio de la excelencia el hombre accede a la “vida buena”, conforme a la virtud, al tiempo que evita la “buena vida” propia de las personas que viven solo para disfrutar al máximo del placer momentáneo (Carpe Diem).

Al igual que un atleta va aumentando su rendimiento con los hábitos adquiridos en el entrenamiento diario, hasta ser capaz de batir un récord, así ocurre con la persona que quiere adquirir una virtud: necesita ejercitarse.

En la sociedad actual no existe crisis de valores, sino pérdida de virtudes. Es necesario dar prioridad a los valores positivos, pero es aún más importante tener la convicción y voluntad de llevarlos a la práctica para generar virtudes. No son los conceptos los que engendran virtudes, porque una transformación hacia un mayor desarrollo, compete a las personas reales.

Educar es, esencialmente, educar en virtudes. Las virtudes no se pueden enseñar; no se transmiten como los conocimientos, por medio de la instrucción, sino que se descubren y contagian como por ósmosis, en ambientes formativos y en encuentros con personas íntegras que son modelos de identificación.

Los valores no nos arrastran, sino que nos atraen; se ofrecen a nuestra inteligencia y nuestra libertad, y esperan a que los acojamos de manera activa para proyectar nuestra vida.

“Los valores no son viejos ni nuevos, son valores”

Estamos atravesando una crisis de valores mundial y para ello existe una única solución; un cambio en la educación. Parte de la juventud en España y creo que en el mundo en general, ha perdido los valores. No encontramos ante personas pasotas, donde está de moda el gamberreo, las malas notas y el hacer la tontería más grande en la clase. Creo que hay dos bandos, los Insert Coin, los bebes gigantes y los memos a tutiplein, y después, otros jóvenes sedientos de conocimientos, que quieren abrirse camino a toda costa y quieren descubrir lo desconocido, y que debido a la pérdida de una conexión normal con la sociedad se les frena y se les margina, porque no está de moda. El talento es maltratado, no se apoya. Los gobiernos no hacen buenas políticas educativas.

La crisis de valores es un problema de todos, engloba a la familia, comunidad, gobierno y colegios. Es muy común ver y oír a mujeres, hombres, jóvenes y niños en las calles, tiendas, medios de transportes o en el colegio; con vocabularios obscenos, conversaciones, canciones y gestos, que van en contra de los principios morales y las buenas costumbres. Los niños, no están heredando buenos valores, y esto es muy peligroso.

Cuando una sociedad pierde el sentido común y la capacidad de ver en el fondo de las cosas, y en su lugar aparecen vendedores de humo; con sus modas y palabras huecas, podemos decir que estamos ante el triunfo del mediocre, y esto se refleja en un vacío interior y un caos exterior. No hay nada más que encender la televisión y algunas emisoras de radio para entender lo que estoy intentando explicar. Chicos que maltratan animales o vagabundos, y se jactan de ello en las redes sociales. Alumnos que se enfrentan a sus profesores o padres que agreden a los maestros. Chicos y chicas que se suicidan porque sus propios compañeros les acosan continuamente. Políticos que roban a espuertas, etc. Estos ejemplos, son síntomas de una sociedad enferma que ha perdido los valores. Nos come la vulgaridad, la frivolidad y la superficialidad. Muchas cabezas con el pelo muy bien cortado, pero con un interior simple y sin sustancia.

Libertad: Es la capacidad de hacer cosas libremente sin condición de nadie, pero ordenadamente. Libertinaje: Es hacer literalmente lo que te da la gana sin respetar a nada ni a nadie.

Debemos recapacitar y ver que es lo que más nos compensa para ser felices. Hay que cultivar nuestro interior, poniendo en práctica los buenos valores como; la honestidad, el amor, la amistad, el compañerismo, la paz, la libertad, la prudencia, la responsabilidad, la tolerancia, la lealtad, la solidaridad… Todos ellos, son los que nos diferencian de los animales, aunque muchas veces pienso que ellos nos superan en casi todo.

“Los valores nos ennoblecen y desarrollan nuestro potencial humano”

¿La crisis de valores remite o se agrava?

A mi entender la crisis de valores se agrava, pues todo aquello que se analizó, como la crisis demográfica, la crisis de la familia, la rupturas de parejas, la falta de sentido comunitario, la falta de responsabilidad con el otro, no solo no ha remitido, sino que aumenta por momentos en una sociedad que desprecia y no comprende el valor de la familia, pues esos valores chocan con el individualismo más atroz.

Los políticos de todos los colores, incluido el PP que antaño diagnosticaba la crisis de valores, desprecian cualquier medida para cambiar la situación, incluso traicionando su programa.

Hay más tolerancia social, hay más aceptación en el ambiente, hacia una pareja de hecho con perro o gato, viajeros y sobradamente preparados, que hacia un matrimonio que se esfuerza cada día en sacar adelante a sus hijos. En esta sociedad casi no puedes protestar si un perro hace sus necesidades en la puerta de tu casa, a la vez que debes extremar el cuidado para que tus niños no ofendan con sus juegos, o con inocentes riñas, la tranquilidad de los adultos. Solo el dinero y el éxito individual imperan en la sociedad de hoy.

Una sociedad complicada para crear una familia y educar a tus hijos

Ya no solo es que España esté a la cola en ayudas a la maternidad y a la familia, es que a la vez estamos a la cabeza en ayudas a la imposición de la ideología de género y somos punteros en legislación sobre esta ideología en detrimento de la familia natural, difuminando y relativizando su esencia.

El miedo a la pérdida de trabajo, la precariedad manifiesta, las nulas políticas para la conciliación familiar y laboral, alimenta el miedo al compromiso con un proyecto de vida que incluya la creación de una familia.

Aparte de lo anterior, la sociedad ha cambiado y existe una mayor dificultad para la educación de los hijos.

“En la actualidad, los niños ya no crecen espontáneamente. Han cambiado demasiadas cosas en nuestra sociedad. No hace mucho tiempo se decía: “Lo que llegue, bien recibido será”. Pero hoy en día no quedan prácticamente familias con una visión tan distendida. Abuelas que prefieren viajar por todo el mundo en lugar de ocuparse de sus nietos, pisos pequeños y condiciones adversas para los niños, falta de oferta para cuidarlos y una presión continua, tanto en términos de tiempo como de rendimiento, para combinar trabajo y familia: ¡los padres de hoy no lo tienen precisamente fácil!

No solo falta un apoyo útil, sino que también la vida diaria de las familias es cada vez más complicada: comida rápida y falta de ejercicio físico, culto a las marcas y consumismo, televisión publicitaria y videos violentos, Internet y juegos de ordenador, conductas agresivas en el parque y mobbing en el colegio, dificultades para leer y déficit de atención, trastornos alimentarios y éxtasis: el mundo de nuestros hijos es multiproblemático».

Los datos son objetivos y alarmantes pero nadie dice nada. Existe la falsa convicción en el ambiente de que estos cambios contribuyen a la felicidad individual

“…el «invierno demográfico» no se debe de manera exclusiva a cuestiones socioeconómicas o prestaciones estatales; las personas con más recursos no son necesariamente los que más hijos tienen, ni las sociedades más ricas tienen mayor población que las más pobres.

Por todo lo anterior podemos concluir que España es ya una sociedad anti-familia o refractaria hacia ella. Sin un cambio radical de paradigma socio-cultural, se difuminara cada vez más la institución familiar como núcleo social, que según la evidencia de los datos, se está descuidando. La excesiva exposición de datos macroeconómicos en esta crisis contrasta con los datos reales de mínimas ayudas a una institución natural que contribuye a la contención del gasto social, renueva la población para hacer viable el sistema, conforma la estabilidad de un país y contribuye a la cohesión social de manera indudable.

O volvemos a dar prestigio a la familia natural y a la natalidad, o nuestra sociedad está destinada a desaparecer.

REFLEXIONES DE UN VETERANO GUERRERO CON ESPÍRITU DE MONJE UNA VIDA MÁS NOBLE EN CUARENTENA. Pedro Motas

General Dávila

“En realidad, tras esta actitud de ‘no critiques todavía, ahora no’ se agazapa, apenas camuflada, la nostalgia de sentirse protegidos por un papá Estado bondadoso en momentos de tanta desazón”

Probablemente estos días de confinamiento no parezcan ricos en estímulos ni para el bien, ni para el mal. Pero se trata de una impresión errónea: tenemos ante nosotros un enorme elefante. Uno que camina desmandado por nuestras calles y nos obliga a refugiarnos. Tenemos ante nosotros la pandemia.

Todos los grandes acontecimientos de la historia han terminado por hacernos mejores o peores. Esta primera gran peste del siglo XXI, hasta no volvernos inmunes, tampoco nos dejará inmutables.

Tengo para mí que ahora nos topamos sin embargo ante una encrucijada enrevesada: son tres las sendas que se abren frente a nosotros. Para acabar de enredar las cosas, nada menos que un par de ellas nos extraviarían; solo la tercera guardaría…

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